Pero toda reforma profunda produce resistencia. Y el pontificado de Francisco abrió uno de los periodos de mayor tensión interna dentro de la Iglesia contemporánea.
Uno de los puntos más controvertidos fue la cuestión de las bendiciones a parejas homosexuales. Francisco defendió que una bendición no equivalía al sacramento del matrimonio, sino a la acogida espiritual de personas que buscan a Dios. Sin embargo, sectores conservadores interpretaron cualquier apertura como un deslizamiento doctrinal.
Figuras como los cardenales Raymond Burke o Joseph Strickland expresaron abiertamente su oposición, ampliando sus críticas hacia cualquier aproximación pastoral a colectivos LGBTQ+, incluida la acogida a personas trans. El conflicto iba mucho más allá de la moral sexual: expresaba una batalla sobre la identidad futura de la Iglesia.
Algo similar ocurrió con el acceso a los sacramentos de divorciados vueltos a casar civilmente. La doctrina tradicional había mantenido una posición restrictiva, basada en la indisolubilidad del matrimonio. Francisco introdujo un enfoque más pastoral, abriendo la puerta a discernimientos caso por caso. Para sus detractores, aquello suponía relativizar principios fundamentales; para sus defensores, humanizar la doctrina sin destruirla.
Incluso en el aborto —tema donde Francisco mantuvo una posición doctrinal clásica, calificándolo reiteradamente de “homicidio”— introdujo cambios pastorales relevantes. Uno de ellos fue permitir que cualquier sacerdote pudiera otorgar absolución sacramental a mujeres que hubieran abortado, facilitando procesos de reconciliación que antes dependían de autorizaciones episcopales.
Así, el pontificado de Francisco produjo una paradoja: mantuvo buena parte del edificio doctrinal tradicional, pero alteró profundamente el tono, las prioridades y la forma de ejercer autoridad. Para unos, era una necesaria actualización evangélica; para otros, un peligroso proceso de dilución doctrinal.
La consecuencia fue una Iglesia atravesada por tensiones ideológicas, culturales y geopolíticas, donde la disputa no solo era teológica, sino también política: una pugna entre apertura y repliegue, universalismo y fortaleza identitaria, misericordia pastoral y rigidez normativa.
Rafa C Reboiro.